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El 18 de Octubre de 2019

Sebástian Calfuqueo

(Santiago, Chile, 1991)

El 18 de Octubre de 2019 fue un día diferente a otros.

 

En la tarde, posterior al horario de trabajo, una turba de personas comenzaba a evadir masivamente el metro en la ciudad de Santiago, secundarios y adolescentes chilenos iniciaban el estallido social. Desde ese día hasta que estoy escribiendo este texto, millones de personas en Chile han protestado continuamente ante las desigualdades económicas, culturales y sociales que existen en el territorio.

Chile, país al extremo sur de América Latina, cuna del modelo neoliberal implementado en la Dictadura militar de Augusto Pinochet quien nos legó la Constitución de 1980, firmada entre 4 paredes, a espaldas de un proceso democrático que incluyese a la ciudadanía. Desde ese momento y en la consagración de aquel documento legal se arrastra la herencia colonial y patriarcal en la que nos han sometido más de 30 años. Aquella constitución ilegítima ha sido la causa del freno a muchos procesos sociales que han sucedido en el país: Movimiento mapuche (comienzo de los 90), Movimiento estudiantil (2006 y 2011) y Movimiento feminista (2016), entre otros.

 

Hoy en Chile se marcha por cambiar una constitución ilegítima que privatiza, individualiza a los sujetos y nos hace estar privados de acceso a la educación, salud e incluso del derecho básico al agua, que es transada en el mercado como un bien mueble vendido al mejor postor y dejando a miles de comunidades y personas sin este elemento vital.

En las marchas, en cada grupo de personas que ansían un cambio social efectivo, se vislumbran las wenufoye, bandera mapuche hecha en 1991 por Aukiñ Wallmapu Ngulan (Consejo de todas las tierras) y también la Guñelve, bandera azul con la estrella de 8 puntas, ícono del proceso de resistencia a la colonización del imperio Español. Al ver todas esas personas, esa masa social mostrando aquellos símbolos de resistencia mapuche en las calles de Santiago, me remonto a pensar en la historia de nuestras familias. Sujetos mapuche, dispuestos en los cordones periféricos de Santiago producto de la diáspora del campo a la ciudad. En oficios de servidumbre como nanas, feriantes, guardias de seguridad o panaderos, únicos espacios para los mapuche, sólo por el hecho de ser mapuche. También la violencia aplicada por la fuerza policial en cada allanamiento a las comunidades en procesos de recuperación territorial. Cuando veo todas las banderas flameando en las calles, no puedo olvidar el pasado racista que marcó mi infancia en Chile, en el cual mis abuelos fueron llamados, en incontables ocasiones, indios, donde también fueron insultados por tener origen mapuche. Aquella historia racista también fue producto de la educación chilena, golpeándolos en las manos con varillas de madera cuando hablasen en mapudungun, la lengua mapuche. Años más tarde, mis abuelos y otras familias mapuche dejaron de hablar mapudungun públicamente.

 

Esa es la historia colonial y racista que ha ido cambiando con el paso de los años, pero que sigue ahí como un fantasma, como la dictadura que se revive en cada violencia estatal o policial hacia la población. Más de 400 personas en Chile han perdido la vista en este despertar social, hay casos como el de Fabiola Campillay o Gustavo Gatica a quienes la policía les quitó la visión de ambos ojos. Así, pese a la violencia del estado de Chile hacia el pueblo, seguimos luchando por lograr la dignidad hasta que se haga costumbre y que tanta violencia colonial deje de pasar inadvertida.

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